Hay dos palabras que odio más que a la letra de la hipoteca: “mamá’’ y ‘’voy”.
La primera la repiten mis tres hijos durante todo el día, todo el tiempo…la semana pasada sorprendí al pequeño diciéndola en sueños, incluso.
¡Y pensar que hubo un tiempo en que temí que los dos menores no hablaran bien, porque se retrasaron!
Ahora pagaría porque fueran mudos. Al menos el pequeñajo.
“Voy” es lo que repito yo una y otra vez, cientos de veces, miles a lo largo de la semana, aunque me pesan como si fueran millones en estos años, para responderles.
Se escribe igual, pero yo no siempre lo pronuncio igual.
Existen diferentes tonos de “voys”. Está el “voy”, casi habitual, sin apenas entonación alta. Después viene el “voooy”, que uso cuando me llama alguno y estoy cambiando un pañal, o picando una cebolla, por ejemplo, o a punto de quemar un huevo frito. En siguiente término viene el “·voyyyy”, ya con cierta mala leche, porque me pueden estar pillando desde cambiándome un támpax a encontrarme con el acondicionador en el pelo dentro de la ducha, o con la crema depilatoria ya untada.
Existe el “¡¡VOY!!”, en plan ladrido, como me imagino que ladraban los dobermans de las SS, porque me llaman mientras estoy al teléfono y les había avisado previamente de que no podría responder, o porque me saquen de la concentración de estar trabajando al PC, como ahora (en este momento tengo a mi enano de veintiún meses jugando con unos coches entre mis pies, debajo de la mesa del despacho, mientras finjo que no escucho que me llama).
Luego está el “voy”, bajito, casi susurrado. Es el “voy” del agotamiento, cuando ya no me quedan fuerzas para discutir con ninguno de ellos y simplemente acudo, sabiendo que la nueva crisis consistirá en que una miró mal a otro, o que aquella usó el peine de la primera, o que el tercero se ha subido a la cama de la mayor y ha abrazado a su muñeca favorita sin permiso.
Cuando llego a esos “voys”, mi pasillo se me antoja eterno…largo, muy largo.
No sé cómo será de largo ese pasillo que cuentan que han cruzado los que dicen haber estado casi muertos y haber visto la famosa luz al final del túnel…pero seguro que no es más corto que este. Este pasillo lo diseñó un arquitecto de pirámides, doy fe.
Los pies me pesan. Mucho. Me pesan las pestañas. Más. Me pesa el alma. Pero al final llego. Siempre llego. ¿Cómo no llegar? Si además me siguen llamando. No callarán hasta que llegue.
Es la magia de la palabra “mamá”. Da igual lo lejos que esté la destinataria del grito. Da igual que la distancia sea física o emocional, las mamás siempre llegamos.
Pausa. El crío me está tirando diccionarios de mi librería, e ignora mis “¡eso no!”
Reinicio. Niño castigado. Está pegado a la pared durante los próximos dos minutos. Un bebé de su edad entiende el concepto de castigo, pero no soporta más tiempo sin moverse.
Educar cansa. Educar en solitario agota.
Sólo tengo dos minutos más, mejor dejo la autoconmiseración para un rato de insomnio en madrugada, con todos los niños dormidos.
Madrugada.
Las madrugadas son el refugio de las madres en solitario. Salvo por el pequeño detalle de que podemos llegar tan tan tan cansadas que no haya cuadrilla de despertadores (yo soy de las que pongo tres en toques sucesivos) capaz de levantarnos.
Las únicas duchas que recuerdo haber disfrutado en estos últimos dos años han sido de madrugada.
Una se levanta a las tres, o a las cinco, o a las seis, cuando sea que el insomnio la despierte, o el despertador si ha sido afortunada y ha conseguido dormir de tirón, y se mete bajo el chorro de agua caliente en la cabina, sin preocuparse de que algún “Mamá” empiece a aporrear la puerta, quejándose de algo, pidiendo algo, llorando por algo.
Después me envuelvo el pelo y el cuerpo en un par de toallas, están frías, por la hora, sobre todo, pero no me importa, y vuelvo a tumbarme en la cama, haciendo zapping sin tener que esconder el mando, y no me molesto ni en secarme…estoy demasiado cansada.
Media hora después sonará algún despertador, o algún niño se levantará a pedirme pis, agua, luz, un mimo porque tiene una pesadilla, una raiz cuadrada para un problema del colegio, que le lave un chupete o que simplemente le recuerde que le quiero.
Y volveré a mi infierno.
Pero…también será verdad que les quiero.
Nadie aguantaría esto si no les quisiera.
Anda…he pillado el noticiario de 24 horas. Un nuevo atentado en Oriente Medio con muchísimos muertos. Algún niño mañana no llamará nunca más “mamá” a su madre.
De acuerdo, me digo. Cuando se despierten hoy les diré que pueden volver a llamarme “mamá”. Ayer se lo prohibí y les dije que me llamasen por mi nombre de pila, que si volvía a escuchar 325 “mamás” en un día me cortaría las venas con el Libro de Familia.
Ring ring…el despertador. Estoy demasiado cansada para apagarlo. Ya se levantará alguno y gritará “¡mamá!” mientras lo apaga.
La Aguadora.
María de Juan
Palabrantes.com ~ Palabrincos.com
domingo, 30 de septiembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario